Comenzando a caminar

(Apuntes de una servidora durante su primer día de viaje)

Han pasado tres semanas desde que salí de casa sin llaves, ¿alguien es capaz de explicar esa sensación en palabras?

Aterricé en la barca vikinga del aeropuerto de Oslo después de un vuelo sin mucho llanto. No os engaño, el wifi del avión de Norwegian hizo que la desconexión fuera menos difícil aunque la torta de llegar a la capital noruega fue la misma: me muevo torpe entre tanto rubio alto que parece hablar un idioma gutural que nunca me había parado a escuchar hasta ahora.

Me senté en una de esas estupendas sillas del aeropuerto con enchufes (¿por qué no todos los aeropuertos del mundo son así?) y las dudas me comen. ¿Será que me va a gustar estar sola? ¿voy a tener el miedo del que todos me han hablado? “Algo” y muchos me dicen que voy a estar bien. Los comentarios que recibo después de inaugurar este blog me sacan más de una lágrima y muchas más sonrisas, estos noruegos debieron de pensar que estaba loca.

Quiero embarcar, dormir y despertarme en la sofocante Bangkok. Será la tercera vez que la pise y la recuerdo caótica y al mismo tiempo ordenada. Gris y colorida y tengo ganas de tomarle el pulso a pesar de la revolución política de las últimas semanas. Estoy deseando volver a sus puestos de comida en la calle, la comida tailandesa me sorprende cada vez que paso por allí.

No me da miedo salir del avión. Bangkok es vieja conocida y es, además, la puerta de entrada perfecta a Asia. Tradicional y moderna, exótica y sórdida, turística pero repleta de rincones auténticos para seguir descubriendo.

Tras ponerme tibia a filetes empanados y tortilla (parece que mis padres siguen sin asumir que voy sola en este viaje…) frente a la atenta mirada de una señora rubísima que baja la cabeza de vez en cuando para mirar su tarjeta de embarque y, después, sonreír. Viajar, el antes y el después es, al fin y al cabo, para muchos de nosotros el motivo de lo que somos.

Casi a punto de embarcar consigo conectarme a internet. Me llega un aluvión de notificaciones. Son todas felicitaciones virtuales, encuentro piropos y hasta algún que otro te quiero inesperado. Mensajes de gente que hace años que no veo en persona pero a las que me dan ganas de abrazar en ese mismo momento. Pienso que no sé cuánto tiempo durará esta bitácora pero ya sólo haber escrito un principio y recibir tanto me hace querer escribir hasta que se me rompa. ¿Puede ser que me sienta ahora más comprendida que nunca después de tantos meses pensando que era realmente un perro verde?

Paso el vuelo sin pena ni gloria, intentado dormir para que el jet-lag no sea tan grande después pero me resulta imposible. Debo de estar más inquieta de lo que imagino.

Bangkok me recibe con una ligera lluvia y ese cielo grisáceo típico de la temporada de lluvias, amenazador pero con algunos claros. Tras los trámites de rigor, me lanzo a por el tren hacia la ciudad, sigue siendo escandalosamente barato para lo bien que funciona y es que no llega ni a un euro. Voy en él inconsciente de que sigo en la burbuja hasta que tengo que bajar y recibo la gran bofetada. Los que habéis estado en el Sudeste Asiático sabéis de lo que hablo, yo me traslado directamente a mi primer día en Manila (Filipinas). Muerta de calor pero feliz, sonrío y pienso en lo mucho que he echado de menos esta parte del mundo.

Mi compañera de aventuras

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