A las puertas del Tíbet, Shangri-La

¿Has sentido alguna vez que llegabas tarde a algún lugar? Quizás porque no era buena época, porque no estabas en el momento adecuado para hacerlo o porque el turismo masivo se había cargado todo el encanto que tenía. Sin embargo, yo llegué tarde por unos meses Shangri-La y por un suceso muy triste, un incendio sucedido en enero de 2014 asoló casi el 80% de la zona antigua de Zhondiang.

A casi 3.400 metros sobre el nivel del mar, rodeado de estepas verdes llenas de yaks, el bautizado como “el paraíso terrenal” tras la novela de James Hilton, Horizontes Perdidos, ha desaparecido casi en su totalidad. El casco viejo de Dukezong sucumbió a las llamas y con ellas se fueron muchos recuerdos y gran parte del legado tibetano de una ciudad con más de 1.300 años de antigüedad.

La zona de la izquierda es la parte dañada por el incendio.

Las vistas desde el templo Baiji. La zona de la izquierda es la parte dañada por el incendio.

Lo poco que queda en pie del casco antiguo de Shangri-La.

Lo poco que queda en pie del casco antiguo de Shangri-La.

Aquel día la furgoneta que me traía desde la Garganta del Salto del Tigre me dejó en medio de la nada pero me las arreglé para colarme con un grupo de jóvenes chinos y llegar hasta el centro de Dukezong. No podía imaginar que me iba a encontrar con ese conglomerado de andamios, zanjas y desastre en pleno centro. Shangri-La se había quemado, la reconstrucción había empezado pero el paisaje era desolador.

Encontré un albergue justo a 100 metros de donde se inició aquel día el fuego, el dueño del Tavern 47, un simpático surcoreano enamorado de una chica de etnia naxi, me contó que ahora sobrevivían a duras penas. Dukezong vivía del turismo, la gente acudía a ver ese conjunto de casitas de madera de tradición tibetana y explorar el valle que linda con la región del Tíbet.

El templo Baiji (o el templo de los 100 pollos)

El templo Baiji (o el templo de los 100 pollos)

Sin embargo, el pueblo de Shangri-La mantiene la sonrisa y en varias ocasiones me encontré grupos de personas bailando, simplemente por el hecho de reunirse, además de sonrisas curiosas a mi paso. No éramos los viajeros occidentales que la transitábamos aquel día. A pesar de ser poco lo que queda en pie, la atmósfera tranquila que se respira es bien diferente al la del resto de lugares de Yunnan. Quizás son las montañas, que lucen orgullosas al fondo, quizás por eso la bautizaron como ese reducto de sabiduría y felicidad permanente en el que sus habitantes no envejecían a los pies del Himalaya.

Además del grandioso monasterio budista de Sumsetling (al que no fui y cosa de la que me arrepiento hoy día y espero redimirme en una visita a Tíbet), el casco viejo está presidido por el Templo Dorado junto a un gigantesco cilindro dorado que los budistas utilizan para rezar haciéndolo girar. La visión del templo en la colina durante la noche es una estampa difícil de olvidar.

El templo Dorado y la rueda de rezo.

El templo Dorado y la rueda de rezo.

Dediqué unos días deambular por “la ciudad de la luna”, a pasear por la zona antigua y la nueva, a subir a contemplar las vistas de las altiplanicies desde un templo bien conocido como el de los 100 pollos y cumplir una ilusión tonta que tenía desde pequeña: ver un yak.

Poco queda en Shangri-La de lo que tuvo que ser el paraíso terrenal, de ese Shambala, pero es imposible no pensar en la historia que lleva a sus espaldas este enclave a medio camino entre China, India y Nepal. Como Shaxi, Zhondiang fue una de las estaciones principales de la Ruta de los Caballos y el Té, por lo que es imposible no imaginar las caravanas a rebosar descansando en la plaza, a la espera de alcanzar unas tierras tibetanas que ya se intuyen perfectamente.

¡Un yak, por fin!

¡Un yak, por fin!

La arquitectura de estilo tibetano de Shangri-La.

La arquitectura de estilo tibetano de Shangri-La.

Los días en Yunnan estaban, sin yo saberlo, a punto de acabar. 12 horas de bus me esperaban hasta Kunming, pero esa es otra historia…

Datos útiles

Desde Tina’s GH en Garganta del Salto del Tigre salen mini-vans hasta Lijiang por 55 RMB. El trayecto dura unas 3 horas y merece la pena echar un vistazo a la carretera ya que las estepas llenas de yaks son preciosas.

Me quedé a dormir en un albergue que estaba perfectamente acondicionado para las noches frescas que suelen hacer en Shangri-La, el Tavern 47. Los dueños son un coreano y una chica Naxi que se enamoraron cuando él viajaba de mochilero por Yunnan. Es un hostel bien montado y acogedor y las camas en dormitorio compartido cuestan 45 RMB. Tienen, además, una hamburguesa con carne de yak que no está nada mal y de la que podéis leer aquí.

Para ir desde Shangri-La hasta cualquier lugar de Yunnan solo hay que ir hasta la estación de autobuses y hacerse entender. Yo fui hasta Kunming en bus nocturno (12 horas) por 237 RMB. Fue insufrible, ya que el bus no era cama…

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