Kandy y las Tierras Altas de Sri Lanka. La vida rodeada de té.

A veces pasa, hay días en los que no estás al 100% y, por desgracia, a Kandy la recuerdo como la ciudad que recorrí sin fuerza alguna. Y sí, no se lo conté a casi nadie pero me arrastraba por las calles y necesitaba abrazarme al baño con urgencia, así que poco cariño cogí a la ciudad de acogida de la reliquia del Diente de Buda.

Con la mochila protegida en la casa de dos abuelitos que ofrecían dos de sus habitaciones en una colina repleta de hostales, mis penas parecían un poco menos penosas. El recibidor de butacones ingleses daba una acogedora bienvenida que el salón continuaba gracias a su gran mesa de comedor de esas que solo con mirarlas piensas en las cientos de cenas que habrán tenido lugar allí. El toque moderno lo daba el ordenador y el router que bien se encargaba de apagar el señor cuando consideraba que teníamos que dormir.

Sinceridad por delante, el paseo de esa tarde con Gina y Alex me horrorizó tras una semana por ciudades en las que la máxima animación estaba siempre alrededor de una torre con un reloj. El lago de Kandy, a pesar de emanar paz, se veía contaminado por un tráfico que hacía días que no veía.

Llegamos al “centro” y el bullicio se apoderó de nosotros. Coches, buscavidas en un organizado caos que ligeramente me recordaba a India sin llegar para nada a serlo. Mirar hacia arriba y encontrar trozos de algún tiempo pasado absorbido por los miles de carteles y luces de joyerías de mucho mucho oro y bakeries. Porque en Kandy no parece haber una cosa más curiosa que una enorme cantidad de pastelerías repletas de todo tipo de pasteles, tartas y todo tipo de chucherías.

El lago de Kandy

El lago de Kandy

¿Un Pizza Hut por allí? ¿Un KFC por allá? ¿Sigue siendo esto Sri Lanka?

De pronto, me vi incapaz de resistir en una ciudad y por poco salgo corriendo hacia Nuwara Eliya al día siguiente. Y no es que me horroricen las ciudades, es que quizás ya me estaba sintiendo débil como para enfrentarme al desorden. Aún así, le di una segunda oportunidad y el domingo me encaminé hacia el lago, el Templo del Diente de Buda está a reventar de peregrinos vestidos de blanco. Continué hacia la estación de trenes y reservé (tras una conversación surrealista con el vendedor acerca de la posición del asiento) un billete de segunda clase hacia las Tierras Altas para la mañana siguiente.

Las calles de Kandy salpicadas de días de colonización

Las calles de Kandy salpicadas de días de colonización

Tras hacer una de las cosas que más me apasionan en una ciudad, investigar el mercado, la tarde la pasé deambulando cual zombie por las calles de Kandy. Las fuerzas me faltaban y a la mañana siguiente hice de tripas corazón para llegar a la estación de tren, estaba impaciente por llegar a los campos de té de Sri Lanka. Empezaba a sentir que el tiempo corría en mi contra a pesar de tener nueve días para seguir en el país. El billete comprado a Maldivas me ahogaba, ¿desde cuándo me he acostumbrado a viajar solo ida?

Detalles del mercado de Kandy

Detalles del mercado de Kandy

El tren finalmente llegó 50 minutos tarde a una estación repleta de chinos con billetes en primera clase. Cuando me subo, me arrepiento de haber reservado plaza porque tengo el vagón para mí sola.

Las palmeras fueron dando paso a pequeños arbustos. Curiosa la sensación de nunca haber visto la planta del té, me emociono con ellos y termino de hacerlo cuando veo a las primeras recolectoras. Tan pequeñas entre tanto verde, moviéndose entre los surcos tan precisos que la plantación forma. Cuando en mi cabeza soñaba con estar aquí no imaginaba con un mar de verde tan inmenso y tan perfecto. Y podría estar soltando una ristra infinita de adjetivos precedidos del “tan” pero vais a tener que venir a describirlo vosotros mismos.

La vida en el tren sigue, los vendedores recorren los pasillos minuto a minuto, mis mariposas vuelan libres en mi estómago a pesar de lo revolucionado que anda aún.

El tren recorre las plantaciones de té

El tren recorre las plantaciones de té

De las chanclas paso al polar, el bus me dejó en la entrada de la fábrica, un complejo de edificios verdes y blancos que me reciben. Desde el mirador, la gran señal me anuncia que he llegado a Mackwoods Labookelie, la sede de una de las plantaciones de té más famosas de Sri Lanka desde que fuera fundada por un capitán de la marina británica llamado Sir William Mackwood en 1841.

La fábrica de té Mackwoods Labookelie

La fábrica de té Mackwoods Labookelie

El txirimi no me da tregua en todo el día y hay momentos en los que llego a pensar que estoy en una pequeña y encantadora Gran Bretaña.

El aparcamiento de la fábrica Mackwoods está lleno de minibuses y confirmo que soy la única que ha decidido usar la tartana pública para llegar allí. Tengo, entonces, un guía solo para mí. Me hace una visita personalizada sin mucho entusiasmo pero soy una esponja enamorada del té y sin mucha idea previa sobre su producción, así que lo disfruto igualmente.

El mirador de Mackwoods Labookelie

El mirador de Mackwoods Labookelie

A saber para aquellos adictos a la teína:

  • La recolección del té se hace semanalmente por arbusto.
  • Cada planta suele tener una vida útil de 60 años. En el caso de no cortarse, el arbusto puede llegar a medir unos 10 metros de alto.
  • Las hojas que se extraen, las pequeñas y más verdes de arriba, se secan durante 48 horas.
  • Se trituran, se comprueba su tamaño y se vuelven a triturar en caso de ser grandes.
  • Para elaborar el té negro, las hojas se fermentan y eso es lo que provoca su color característico. El té verde no se fermenta.
  • Se secan a 110º.
  • Las diferentes variedades de té se obtienen según el tamaño de la hoja y de la planta donde se han cogido. Así, el té blanco se hace únicamente con las hojas enrolladas y más pequeñas de la planta, no se fermenta y, por ello, es más caro.

La visita a Mackwoods Labookelie es totalmente gratuita y, no solo eso, incluye una taza de té en un acogedor salón de aires coloniales. Verde y madera que invitan a sentarse a contemplar las plantaciones de té desde un sitio recogido porque el frío no perdona.

La celebración del té en Nuwara Eliya

La celebración del té en Nuwara Eliya

Salí de la fábrica a la caza y captura de la estampa idílica que llevaba en mi cabeza. A los pocos metros las encuentro, las recolectoras de té mueven frenéticamente los dedos seleccionando las hojas del verde más intenso, las que formarán parte del famoso té de Ceylán. El momento soñado se transforma cuando una furgoneta de lo que parecen ser rusos se unen al circo. Plantan una bandera en los arbustos de té y otra se la dan a un par de mujeres para inmortalizar el momento a cambio de dinero. Que alguien me explique desde cuándo viajar consiste en esto.

A mí, en cambio, me toca esperar  a que pase el primer bus de camino a Nuwara Eliya. De nuevo, las miradas curiosas de los esrilanqueses me recorren cuando me monto completamente calada. Cruce de sonrisas que nos hace felices a todos los curiosos.

A pesar de que energía tengo hoy poca, me da para enviar un par de postales desde la preciosa oficina de correos roja y para tener las ganas suficientes para buscar el autobús que me lleve a Pedro Estate, otra de las fábricas de té importantes de la zona y a unos diez minutos de la ciudad.

Aunque la de Pedro tiene poco que ver con la anterior, vuelvo a perderme por los caminos. Un señor me regala otra sonrisa de par en par, una vaca me impide el paso, entro en una iglesia, un par de chicos me intentan regalar fertilizante para los cultivos españoles y, por fin, doy de nuevo con ellas, las recolectoras de té salpican de color el verde intenso de las espectaculares Tierras Altas de Sri Lanka.

Las plantaciones de té de Nuwara Eliya

Las plantaciones de té de Nuwara Eliya

Datos útiles

Las noches en Kandy las pasé en una casita de unos entrañables abuelos llamada The Glen. Se encuentra en una colina muy cercana a la zona oeste del lago que se encuentra repleta de hostales. Está limpia y cuenta con agua caliente y wifi. Yo pagué 1.200 rupias para la habitación para mí sola.

En Kandy podréis nutriros a base de bien en muchas de las bakeries que hay repartidas por el centro u optar por opciones más occidentales como el Pizza Hut o el KFC que hay muy cerca de la entrada del Templo del Diente de Buda.

Yo esta vez decidí ahorrarme las 1.000 rupias de la entrada al Templo porque mi estado de salud no me dejaba mucho margen a disfrutarlo y porque, a decir verdad, después de haber visto tanto templo una se cansa.

El trayecto en tren Kandy – Nuwara Eliya está considerado como uno de los más bonitos del mundo y no sobran razones para ello. El recorrido suele durar unas cuatro horas. El billete en segunda clase cuesta 160 rupias (algo menos de un euro) pero si quieres asegurarte un asiento asciende a 600. No se me ocurre ninguna razón más que el desconocimiento de la primera vez o que sean vacaciones nacionales para hacer la reserva ya que los trenes suelen ir bastante vacíos en segunda y tercera clase. Además, ¿y el placer de ir viendo el paisaje encaramado a las puertas del tren?

El tren no deja en la propia Nuwara Eliya sino en una ciudad llamada Nanu Oya. Desde aquí puede tomarse un bus público a la salida de la estación por 25 rupias. El viaje hasta la estación de autobuses es de más o menos una hora dependiendo del tráfico.

En Nuwara Eliya me quedé a dormir en KingFern Bungalow, una casita con muy buenas vistas de toda Nuwara Eliya. Los dueños son muy agradables pero las habitaciones son algo húmedas y para llegar allí hay que tomar un tuk tuk desde la estación de buses que suele costar 200 rupias, por lo que se viaja solo no merece mucho la pena. El precio de la habitación más barata con baño propio y un wifi más o menos decente es de 1.500 rupias.

Otra opción más cercana a la ciudad es el King Fern Cottage (no tiene nada que ver con el anterior), que parece tener precios parecidos y más ambiente para gente que viaja en solitario.

Para aquellos ya hartos de short eats o del arroz frito, una buena opción para hacer una comida algo más occidental es el restaurante De Silva, en el centro de Nuwara Eliya.

 La visita a la fábrica de Macwoods es gratuita e incluye una taza de té en su centro de visitantes. Yo accedí a ella sin problemas tomando un bus desde la estación de autobuses de Nuwara Eliya por 32 rupias. El recorrido es de más o menos una hora y para en la misma puerta si avisas al conductor. Para volver basta con parar un bus que vaya en sentido contrario. Preguntando a cualquier persona en la estación de buses os dirán cual de ellos tomar.

Pedro Estate se encuentra a unos 20 minutos de Nuwara Eliya y para realizar la visita se pagan 200 rupias. Personalmente, el paisaje hacia la fábrica de Macwoods y la propia fábrica me gustó mucho más que esta última, así que si únicamente se tiene tiempo para una de ellas, yo me decantaría por la primera. También puede llegarse a Pedro Estate en transporte público desde la estación de buses.

Aunque yo no me animé, en el mismo día pueden visitarse unas cataratas llamadas Lover’s Leap. La entrada se encuentra justo donde deja el bus público para entrar en la fábrica de Pedro Estate. El trayecto desde la intersección puede hacerse en tuk tuk (que deja prácticamente en la entrada) o andando (hora y media en ir y volver).

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